Julio 24 - Agosto 23
Primera exposición individual del artista con la galería. Se proponen fotografías intervenidas y objetos que integra en su nuevo cuerpo de trabajo, teniendo como inspiración la naturaleza, el mar y la contemplación.

Hay imágenes que se cuelgan en la pared, hay otras que más allá de aferrarse a nuestra mente, buscan impregnarse a nuestra piel. Imágenes que no se miran: se atraviesan. Como quien se adentra en el oleaje sin saber si está entrando o saliendo de sí mismo.
La fotografía, aquí, no es un registro. Es un roce, como el de la sal que se sujeta a todo aquelloque entra al mar. Piel, piedra, madera, arena, pintura, luz: las superficies no solo se ven, se perciben. Vibran. Resisten. Se sostienen con lo justo. Las piezas se presentan suspendidas, enmarcadas en luz, por madera, dentro de su propio contorno. Parecen retener un instante antes de disolverse del todo. Y sin embargo, todo se mueve: el cielo, la piedra erosionada, las olas, la imagen intervenida.
Hay una intuición que late bajo cada pieza. Una historia que no se dice, pero que se presiente. Un relato que empieza en el mar, que busca aferrarse a cada centímetro de piel y se expande en la mirada de uno mismo. Lo que vemos no está completo.
En cada imagen hay una convocación que no impone una lectura, pero sí una relación. Una historia que no se cuenta, pero que se encuentra latente. En la superficie salada, en la repetición de texturas, en una línea pictórica que atraviesa el horizonte, se activa algo que interpela. Algo que comienza como un oleaje, y que se filtra buscando manifestarse con un gesto. Lo que parecía paisaje se vuelve reflejo. Somos parte de eso. De esa resistencia que se construye con el tiempo.
Pero no todo está a la vista. Falta algo. Falta alguien. Y en esa falta se abre un lugar donde podemos permanecer. Como la madera que ha vivido en el mar: más densa, más firme, menos vulnerable. El agua salada modifica sus fibras, elimina lo innecesario, fortalece su estructura. Lo que pudo haberse quebrado, persiste. Como si el mar, en lugar de desgastar, templara.
Como la piel que se curte con el viento de la costa. Como un rio detenido en el tiempo, pero no inmóvil. Con un cauce que ya no fluye, pero cuya forma sobrevive. Un roce entre lo que fue y lo que apenas se intuye. Imágenes que piden tiempo, atención. Que invitan a mirar distinto, a escuchar el agua cuando deja de correr. A notar lo que queda cuando baja la marea.
La exposición reúne un conjunto de imágenes donde el gesto fotográfico se tensa en una misma corriente. Las piezas, tanto en blanco y negro como a color, oscilan entre lo atmosférico y lo íntimo: cielos que se abren, texturas minerales, cuerpos que se pliegan como las olas. Algunas imágenes han sido intervenidas con pintura, como si una voluntad insistiera en definir lo que la cámara no alcanza; otras incorporan objetos plásticos recolectados en la playa, fragmentos de un paisaje que también es residuo. Las piezas contenidas en cajas de luz parecen mantener un movimiento detenido, como si la escena aún guardara una tensión interna, como si el paisaje aún respirara. En contraste, las piezas enmarcadas en madera miran hacia adentro: vistas del cuerpo humano que expanden el horizonte hacia nosotros mismos, siendo también un territorio en proceso de erosión.
Luis Manuel Perea